Campo Chileno
11 de septiembre de 2011
Recorriendo los caminos de tierra en bicicleta, al atardecer, cuando los rayos de sol se mezclan con la neblina y con los árboles, formando paisajes propios de cuentos, pude observar a la Luna por un lado y al Sol en el opuesto. La Luna, cristalina -perfecta para los ignorantes, e imperfecta pero infinitamente más bella para los torturados- saliendo por el este, donde estás tú. El Sol, poniéndose sobre el inmenso mar, camino a los lugares que tanto admiras. De pronto, sin darme cuenta, llegué a la piedra Inca Intihuatana, santuario del Sol. Era tal mi contemplación, que una reflexión provocada por la conjunción de los astros y de las reliquias previamente mencionados llegó a mi mente: los hombres sólo tenemos certezas de las cosas inmensas. De las pequeñas, como los electrones, o como el devenir de una pequeña sociedad viviendo en una mota de polvo en el espacio, no tenemos muchas. Lo pequeño es volátil. Un electrón puede estar o no en ese lugar, o puede quizás estar en dos al mismo tiempo. En cambio el Sol siempre saldrá por el este y se pondrá por el oeste. La Luna siempre lo seguirá, y, celosa de su brillo, lo intentará opacar con su belleza, llegando incluso a ocultarlo cada periodos de tiempo que bien conocemos.
Lo maravilloso de este amor que siento por ti es que es tan inmenso que te puedo decir que estará siempre aquí; entre la Luna y el Sol, en mi corazoncito, esperando estar contigo siempre para entregarse en plenitud.
¡Hoy se conmemora -entre tantas otras cosas- un año desde que quisiste ser mi amigo en Facebook, amorchito!